Hoy se aprobó la Ley del Matrimonio Igualitario.
Esuché y lei muchos comentarios (en Facebook sobre todo), criticando las barrabasadas de ciertos senadores, alabando los discursos de otros.
Yo estoy contenta. Creo que esta nueva ley, por más que a simple vista pareciera que incumbe a un sector de clase media alta, en realidad, afecta a todos. Porque como dijo una juez que hace aikido con mi hermana, la pareja homosexual que se quiere casar, si tiene un buen agobado, se casa. Es decir, hasta el día de hoy, se casaban los homosexuales que tenían el dinero, el tiempo, y la energía suficiente como para contratar un abogado y hacer un juicio.
Hoy hay igualdad. Hoy cualquier persona se puede casar. Sin abogados, sin juzgado. Eso hay que celebrarlo.
"Quien tiene un buen buen abogado se puede casar."
Me quedé pensando en esta frase.
Y me acordé del primer matrimonio de homosexuales que se casó, que estuvo ayer en "A Dos Voces", por TN.
Y pensé en el abogado de ellos. Y en el abogado de la segunda pareja en casarse, y en el de la tercera, y asi. Pensé en todos los abogados detrás de esas personas que lograron ser considerados iguales.
El rol y la conducta del abogado están vapuleados. Con razón quizás. Los abogados nos hemos hecho una mala fama.
Pero lo que sucedió ayer en el Senado, tiene un antecedente directo. Y es el trabajo de los abogados de las parejas que pudieron casarse antes de la sanción de la Ley de Matrimonio Igualitario. Los antecedentes de la Leyes es la jurisprudencia(para quienes no están familiarizados con el tema, jurisprudencia se le dice a las sentencias de los jueces). La jurispruencia pule la legislación. Le hace saber a los legisladores las falencias de la normativa vigente, y los choca con una realidad en la que las normas, se quedan atrás.
Y los obreros de la Jurisprudencia son los abogados.
Fueron los obreros del divorcio vincular.
Son los obreros de la despenalización de la tenencia de estupefacientes para consumo personal (digo SON, porque, ojota, a diferencia de lo que cree el común de la gente, la Ley de Estupefacientes no ha sido modificada. La Corte se expidió al respecto, lo cual no es moco de pavo, pero ahora le toca al Congreso)
Y fueron los obreros que construyeron la sanción de la Ley de Matrimonio Igualitario.
Hoy siento orgullo de ser abogada.
Y pienso en esos colegas gracias a los cuales, hoy vivimos en país un poquito más igualitario, en el cual casarse con alguien del mismo género dejó de ser un derecho para la clase media alta, y empezó a ser un derecho para todos.
Y quería dejarlo asentado en algún lugar. Porque sí, claro que los senadores tuvieron la última palabra.
Pero no nos olvidemos de quienes tuvieron el coraje de tener la primera.
jueves, 15 de julio de 2010
sábado, 3 de julio de 2010
"Sin reproches"
"Sin reproches" Carlitos Tevez
"Tenemos una espina clavada que en algún momento se va a salir" Nicolás Otamendi
"Esto sigue y hay que seguir vivo" Clemente Rodríguez
"Hoy en día nos toca sufrir y bueno, sufriremos" Javier Mascherano
Y sí, porque hay un momento en el que uno ya no tiene nada más para hacer, y agarra el pote de helado y se pone a ver cualquier película romántica en la cual los amantes terminan juntos; y se autocompadece. No hay otra forma de pasar el mal de amor.
Y llora, y duele. Y está la espina de la cual habla Otamendi, y la incomprensión de un mañana después de esto, a la cual hace referencia Clemente, y el ineludible dolor al cual hace referencia el Masche.
Pero Carlitos lo dijo, sin reproches. Sí, claro con todas las cosas para mejorar que se van a decir de acá a que empiece el nuevo torneo local. Hay cosas para mejorar, pero no reproches. No los reproches que hubieron en los últimos mundiales. Esa es mi sensación al menos.
Uno pelea por el amor. Hasta el último segundo. Y es en ese momento en el que uno se da cuenta que hizo todo para sacarlo adelante; apoya la cabeza en la almohada y duerme tranquilo.
Yo vi a las fieras peleando por el beso a la Copa hasta el último segundo, cuando claramente ya no valía la pena. Otras selecciones que me han roto el corazón en otros Mundiales, en el 2 a 0 se hubiesen derrotado y hubiesen dejado de buscar y de intentar. Y eso es lo que hace que Carlitos tenga razón. Los corazones rotos siempre duelen y tardan en sanar. Pero tienen otro sabor cuando la entrega fue total. Y otra sanación.
Quizás hoy no duerman tranquilos. Pero merecen hacerlo pronto.
Lo que duele, y mucho es el Deaje Vú. Lo del 2006 fue horrible. La lesión del Pato, la cara de ofendidito de Messi porque Pekerman no lo puso. Y ese penal que erró Cambiasso. Era algo que todos queríamos olvidar, aunque las circunstancias, idénticas, insistían en recordárnoslo.
A la tarde me fui a dormir la siesta. Cuando me desperté, por instinto prendí la tele. La siesta no había borrado nada. Seguía siendo ese mismo sábado pesado, de un negro tan furioso como la casmineta alemana. Y de desilusión.
Me acordé del spot de TN con música de Los Piojos que me había comentado mi hermana. Lo busqué en Youtube. Lo postée en Facebook, cuestión de que la espina de la cual hablaba Otamendi se hiciera más filosa. Hay momentos en que uno sólo quiere sufrir tranquilo. Y por qué no, en colectivo.
Empecé a buscar otros spots del Mundial como quien mira fotos de un amor trunco una y otra vez. Con la incredulidad y la negación de aceptar que quedaron obsoletas. Que ya no van a haber más fotos juntos. Que ya no hay más Sudáfrica y que el Mundial dejó de tener sentido.
También me acordé de los momentos lindos. Me acordé de un Palermo emocionado, haciendo referencia al tiempo que jugó contra Grecia "como esos diez minutitos que Diego me dio". Como un regalo del cielo. Como un regalo de Dios.
Y ver a nuestra vecina Uruguay entrar a la semifinal de carambola duele. Ella está entre los cuatro mejores del mundo y nosotros no. Eso, dejando de lado toda hipocrecía, da más bronca. Porque, futbolísticamente, somos mejores que Uruguay. Hasta el día hoy yo quería que Uruguay llegue a la final; porque son nuestros hermanos sudamericanos, porque Mujica me cae bien, porque me encanta Jorge Drexler y porque hay varios de los jugadores que están fuertes. Sólo que esa final me la imaginaba con el Diego en el banco de suplentes. Ahora estoy celosa. Y los celos, al igual que las ilusiones, son irreflenables.
Hoy Uruguay es esa amiga, no demasiado agraciada, que tiene un novio divino y nos avisa que el novio le propuso casamiento un día antes que a una le rompan el corazón en mil pedazos. Queremos ser Uruguay. Merecíamos ser Uruguay.
Uno de los comentaristas de T & C decía hoy a la noche: "Quizás este sea el lugar de la Argentina en el Mundial, los cuartos de final".
Hay veces que creemos que nuestro destino es tener amores erráticos. Que nacimos para sufrir, y que nunca vamos a ser esa amiga nuestra que finalmente encontró el amor. Que esas cosas sólo le pasan a los demás.
Yo me resigno a pensar que quien ha tenido amores erráticos, nunca va a conocer otro tipo de amor.
Y me resigno a pensar que el lugar de la Argentina en el Mundial sea este.
Y sí. Empiezo a soñar con el 2014. Quizás, para ese entonces, mi corazón ya esté recuperado y tenga ganas de volver a creer.
Siempre corriendo el riesgo de tener que juntar los pedacitos y tener que pegarlos con Poxipol.
"Tenemos una espina clavada que en algún momento se va a salir" Nicolás Otamendi
"Esto sigue y hay que seguir vivo" Clemente Rodríguez
"Hoy en día nos toca sufrir y bueno, sufriremos" Javier Mascherano
Y sí, porque hay un momento en el que uno ya no tiene nada más para hacer, y agarra el pote de helado y se pone a ver cualquier película romántica en la cual los amantes terminan juntos; y se autocompadece. No hay otra forma de pasar el mal de amor.
Y llora, y duele. Y está la espina de la cual habla Otamendi, y la incomprensión de un mañana después de esto, a la cual hace referencia Clemente, y el ineludible dolor al cual hace referencia el Masche.
Pero Carlitos lo dijo, sin reproches. Sí, claro con todas las cosas para mejorar que se van a decir de acá a que empiece el nuevo torneo local. Hay cosas para mejorar, pero no reproches. No los reproches que hubieron en los últimos mundiales. Esa es mi sensación al menos.
Uno pelea por el amor. Hasta el último segundo. Y es en ese momento en el que uno se da cuenta que hizo todo para sacarlo adelante; apoya la cabeza en la almohada y duerme tranquilo.
Yo vi a las fieras peleando por el beso a la Copa hasta el último segundo, cuando claramente ya no valía la pena. Otras selecciones que me han roto el corazón en otros Mundiales, en el 2 a 0 se hubiesen derrotado y hubiesen dejado de buscar y de intentar. Y eso es lo que hace que Carlitos tenga razón. Los corazones rotos siempre duelen y tardan en sanar. Pero tienen otro sabor cuando la entrega fue total. Y otra sanación.
Quizás hoy no duerman tranquilos. Pero merecen hacerlo pronto.
Lo que duele, y mucho es el Deaje Vú. Lo del 2006 fue horrible. La lesión del Pato, la cara de ofendidito de Messi porque Pekerman no lo puso. Y ese penal que erró Cambiasso. Era algo que todos queríamos olvidar, aunque las circunstancias, idénticas, insistían en recordárnoslo.
A la tarde me fui a dormir la siesta. Cuando me desperté, por instinto prendí la tele. La siesta no había borrado nada. Seguía siendo ese mismo sábado pesado, de un negro tan furioso como la casmineta alemana. Y de desilusión.
Me acordé del spot de TN con música de Los Piojos que me había comentado mi hermana. Lo busqué en Youtube. Lo postée en Facebook, cuestión de que la espina de la cual hablaba Otamendi se hiciera más filosa. Hay momentos en que uno sólo quiere sufrir tranquilo. Y por qué no, en colectivo.
Empecé a buscar otros spots del Mundial como quien mira fotos de un amor trunco una y otra vez. Con la incredulidad y la negación de aceptar que quedaron obsoletas. Que ya no van a haber más fotos juntos. Que ya no hay más Sudáfrica y que el Mundial dejó de tener sentido.
También me acordé de los momentos lindos. Me acordé de un Palermo emocionado, haciendo referencia al tiempo que jugó contra Grecia "como esos diez minutitos que Diego me dio". Como un regalo del cielo. Como un regalo de Dios.
Y ver a nuestra vecina Uruguay entrar a la semifinal de carambola duele. Ella está entre los cuatro mejores del mundo y nosotros no. Eso, dejando de lado toda hipocrecía, da más bronca. Porque, futbolísticamente, somos mejores que Uruguay. Hasta el día hoy yo quería que Uruguay llegue a la final; porque son nuestros hermanos sudamericanos, porque Mujica me cae bien, porque me encanta Jorge Drexler y porque hay varios de los jugadores que están fuertes. Sólo que esa final me la imaginaba con el Diego en el banco de suplentes. Ahora estoy celosa. Y los celos, al igual que las ilusiones, son irreflenables.
Hoy Uruguay es esa amiga, no demasiado agraciada, que tiene un novio divino y nos avisa que el novio le propuso casamiento un día antes que a una le rompan el corazón en mil pedazos. Queremos ser Uruguay. Merecíamos ser Uruguay.
Uno de los comentaristas de T & C decía hoy a la noche: "Quizás este sea el lugar de la Argentina en el Mundial, los cuartos de final".
Hay veces que creemos que nuestro destino es tener amores erráticos. Que nacimos para sufrir, y que nunca vamos a ser esa amiga nuestra que finalmente encontró el amor. Que esas cosas sólo le pasan a los demás.
Yo me resigno a pensar que quien ha tenido amores erráticos, nunca va a conocer otro tipo de amor.
Y me resigno a pensar que el lugar de la Argentina en el Mundial sea este.
Y sí. Empiezo a soñar con el 2014. Quizás, para ese entonces, mi corazón ya esté recuperado y tenga ganas de volver a creer.
Siempre corriendo el riesgo de tener que juntar los pedacitos y tener que pegarlos con Poxipol.
viernes, 2 de julio de 2010
Esas indomables fantasías...
Hay un momento en las relaciones sentimentales rumbeantes en el que uno tiene la osadía suficiente de pensar que le ha llegado el momento de ser feliz. Que finalmente el amor incondicional, capaz de derribar obstáculos y dificultades tocó su puerta.
Hoy soñé que Argentina jugaba con Brasil en cuartos, y que los brasucas, imresiblemente y ante la mirada atónita del mundo, se volvían a casita.
Nostradamus, me podrían decir.
Venía caminando a la oficina y vi (porque los resultados de los partidos del Mundial en las calles de Buenos Aires son el dato más fácil del cual proveerse) que Brasil ganaba 1 a 0. Nada nuevo. Brasil iba a ganar seguramente, recién empezaba el partido.
Estando en la oficina Andy (Kutnesoff, o como sea que se escriba) me cuenta (a través de la radio, no es mi amigo personal) que Holanda empató. No me provocó nada. Seguramente Brasil iba a meter tres goles más, y ya. Eso era lo que todos pensábamos.
Después Andy me contó que Holanda metió otro gol.
Bien. Todavía estaba la probabilidad de que Brasil arremetiera con todo. Es lo que siempre hacen después de todo. Son un equipo ganador.
Y fue cuando Andy me contó que expulsaron a un brasilero que las ganas de fantasear se me despertaron y empecé a juguetear con un posible final feliz. Corrí a prender la tele de la oficina. Pude imaginarme a Diego con la copa, así como cuando uno fantasea con aquél momento en el cual, a través de un beso, sellamos ese pacto de amor sorprendiendo a todos y burlando todas las probabilidades. Y las imágenes de paseos de la mano por los bosques de Palermo parecer estar cada vez más cerca.
Fantaseé. Y no lo pude evitar. Sé que está mal. Porque sé que mi corazón puede ser roto en mil goles, en varios penales, o en algún error de Demichelis.
Pero hoy Brasil me hizo imaginarme como sería, un domingo 11 de julio con el Obelisco rebalsado de gente y de alegría.
Y sé que mañana los holandeses no nos lo van a hacer nada fácil.
Pero las fantasías son, a pesar de uno, indomables.
Hoy soñé que Argentina jugaba con Brasil en cuartos, y que los brasucas, imresiblemente y ante la mirada atónita del mundo, se volvían a casita.
Nostradamus, me podrían decir.
Venía caminando a la oficina y vi (porque los resultados de los partidos del Mundial en las calles de Buenos Aires son el dato más fácil del cual proveerse) que Brasil ganaba 1 a 0. Nada nuevo. Brasil iba a ganar seguramente, recién empezaba el partido.
Estando en la oficina Andy (Kutnesoff, o como sea que se escriba) me cuenta (a través de la radio, no es mi amigo personal) que Holanda empató. No me provocó nada. Seguramente Brasil iba a meter tres goles más, y ya. Eso era lo que todos pensábamos.
Después Andy me contó que Holanda metió otro gol.
Bien. Todavía estaba la probabilidad de que Brasil arremetiera con todo. Es lo que siempre hacen después de todo. Son un equipo ganador.
Y fue cuando Andy me contó que expulsaron a un brasilero que las ganas de fantasear se me despertaron y empecé a juguetear con un posible final feliz. Corrí a prender la tele de la oficina. Pude imaginarme a Diego con la copa, así como cuando uno fantasea con aquél momento en el cual, a través de un beso, sellamos ese pacto de amor sorprendiendo a todos y burlando todas las probabilidades. Y las imágenes de paseos de la mano por los bosques de Palermo parecer estar cada vez más cerca.
Fantaseé. Y no lo pude evitar. Sé que está mal. Porque sé que mi corazón puede ser roto en mil goles, en varios penales, o en algún error de Demichelis.
Pero hoy Brasil me hizo imaginarme como sería, un domingo 11 de julio con el Obelisco rebalsado de gente y de alegría.
Y sé que mañana los holandeses no nos lo van a hacer nada fácil.
Pero las fantasías son, a pesar de uno, indomables.
jueves, 1 de julio de 2010
El error de adelantarse
Ayer entré a Zara, a pispear la liquidación.
Ví una remera con la bandera de Argentina, formada por margaritas. (suena re grasa, pero estaba muy buena).
Me dieron ganas de comprarla. Para usarla en el partido contra Alemania, y porque, al ser linda, la podría seguir usando después del Mundial.
Pero recordé a Alemania. Y recordé el partido del 2006 contra Alemania. Los penales, el sufrimiento, y el desamor. El desconsuelo.
Y me acordé de cuando compré las entradas para ir a ver a U2 con el chico con el que estaba saliendo en ese entonces, tres meses antes del recital. Dos meses después de haber comprado las entradas, cortamos.
Hay ciertos antecedentes que son una suerte de premoniciones de un corazón roto que se acerca.
Yo por lo pronto, hace cuatro años que dejé de comprar entradas con tanto tiempo de anticipación.
Y decidí comprarme esa remera después del Mundial. Pase lo que pase. Cuando mi corazón ya no esté en juego. Y la única certeza que importe sea el precio de la remera.
Ví una remera con la bandera de Argentina, formada por margaritas. (suena re grasa, pero estaba muy buena).
Me dieron ganas de comprarla. Para usarla en el partido contra Alemania, y porque, al ser linda, la podría seguir usando después del Mundial.
Pero recordé a Alemania. Y recordé el partido del 2006 contra Alemania. Los penales, el sufrimiento, y el desamor. El desconsuelo.
Y me acordé de cuando compré las entradas para ir a ver a U2 con el chico con el que estaba saliendo en ese entonces, tres meses antes del recital. Dos meses después de haber comprado las entradas, cortamos.
Hay ciertos antecedentes que son una suerte de premoniciones de un corazón roto que se acerca.
Yo por lo pronto, hace cuatro años que dejé de comprar entradas con tanto tiempo de anticipación.
Y decidí comprarme esa remera después del Mundial. Pase lo que pase. Cuando mi corazón ya no esté en juego. Y la única certeza que importe sea el precio de la remera.
jueves, 17 de junio de 2010
Despertar de ilusión
Me puse el despertador 8.20 hs, sabiendo que seguramente Goli iba a venir 8.29 a despertarme. Soñé que me perdía el primer tiempo porque me quedaba dormida y que mi papà se quedaba dormido también.
Me hice un café con leche y galletitas con mermelada, y me senté con Goli a mirar el partido. Ya iba por el minuto 6.
Mi papá ayer fue a un nutricionista , al que fue el cadete que trabaja con él, que parece ser muy efectivo y que da una dieta bastante curiosa. Cuando me senté estaba comiendo una suerte de tortita.
-Esto me lo dio el dietólogo.- mi papá tiene ese vicio de la gente de otra época de llamar las cosas con otros nombres. A los cantantes les dice cantores y a los nutricionistas les dice dietólogos. - nada de fruta puedo comer.
Gol de la Argentina, en contra, sin sabor, y sin onda.
- Puedo comer todo el fiambre que quiera. Salvo el queso que lo tengo medido.
Mi papá cuando tiene una novedad no deja de hablar de eso: cuando descubrió los beneficios de la sidra porque tenía menos calorías que el resto del alcohol, era un fundamentalista de la sidra, y le hablaba a todo el mundo de eso.
Con este "dietólogo" viene rompiendo hace un montón. Fue ayer por primera vez, pero hace como un mes y medio nos viene contando todo lo que le contó el cadete: que bajó 25 kilos en dos meses y que puede comer un montón de carne, pero nada de verdura. Y que casi todos en la oficina van a ir.
-Ningún tipo de caramelo de ninguna clase puedo comer.
El partido seguía
-Nada de alcohol ni de gaseosa. 2 litros de agua por día. IN-DIS-PEN-SA-BLE
Seguimos delante del televisor. Goli da vuelta la cabeza y con la cara tan iluminada como el día del primer partido del mundial dice:
-Puedo comer un bife de chorizo con huevo frito.
Claro énfasis en la palabra huevo frito.
-Puedo comer cordero, lechón. Cualquier animal con cuatro patas.
Gol de Higuaín. Qué fuerte que está.
-Qué lindo que es.- le digo- Encima le ponen esa camisetita toda ajustadita.
-Yo también uso camiseta ajustada.
-Pero a vos no te queda otra que usarla ajustada - le digo yo, gastándolo.
Gol de la Argentina. Esta vez uno lindo.
Me da un poco de pena Demichelis porque se habla de su error en la misma medida en la que se habla de los cuatro goles.
Entretiempo.
Los tres goles de mi galán.
Mi corazón tiembla. Porque las experiencias pasadas dicen que después de un buen partido, los muchachos se confìan. Y pierden la humildad. Y hacen agua.
Miro la conferencia del Diego, y me voy a tomar el 17 con Goli.
-Chichulines, mollejas, morcilla, todo.-siguió Goli.
Veo que un chico de esos que reparten las cosas en moto, toca el portero de un edificio y tiene puesta la remera de Messi.
Y pienso que no es sólo mi corazón el que está en juego.
Me hice un café con leche y galletitas con mermelada, y me senté con Goli a mirar el partido. Ya iba por el minuto 6.
Mi papá ayer fue a un nutricionista , al que fue el cadete que trabaja con él, que parece ser muy efectivo y que da una dieta bastante curiosa. Cuando me senté estaba comiendo una suerte de tortita.
-Esto me lo dio el dietólogo.- mi papá tiene ese vicio de la gente de otra época de llamar las cosas con otros nombres. A los cantantes les dice cantores y a los nutricionistas les dice dietólogos. - nada de fruta puedo comer.
Gol de la Argentina, en contra, sin sabor, y sin onda.
- Puedo comer todo el fiambre que quiera. Salvo el queso que lo tengo medido.
Mi papá cuando tiene una novedad no deja de hablar de eso: cuando descubrió los beneficios de la sidra porque tenía menos calorías que el resto del alcohol, era un fundamentalista de la sidra, y le hablaba a todo el mundo de eso.
Con este "dietólogo" viene rompiendo hace un montón. Fue ayer por primera vez, pero hace como un mes y medio nos viene contando todo lo que le contó el cadete: que bajó 25 kilos en dos meses y que puede comer un montón de carne, pero nada de verdura. Y que casi todos en la oficina van a ir.
-Ningún tipo de caramelo de ninguna clase puedo comer.
El partido seguía
-Nada de alcohol ni de gaseosa. 2 litros de agua por día. IN-DIS-PEN-SA-BLE
Seguimos delante del televisor. Goli da vuelta la cabeza y con la cara tan iluminada como el día del primer partido del mundial dice:
-Puedo comer un bife de chorizo con huevo frito.
Claro énfasis en la palabra huevo frito.
-Puedo comer cordero, lechón. Cualquier animal con cuatro patas.
Gol de Higuaín. Qué fuerte que está.
-Qué lindo que es.- le digo- Encima le ponen esa camisetita toda ajustadita.
-Yo también uso camiseta ajustada.
-Pero a vos no te queda otra que usarla ajustada - le digo yo, gastándolo.
Gol de la Argentina. Esta vez uno lindo.
Me da un poco de pena Demichelis porque se habla de su error en la misma medida en la que se habla de los cuatro goles.
Entretiempo.
Los tres goles de mi galán.
Mi corazón tiembla. Porque las experiencias pasadas dicen que después de un buen partido, los muchachos se confìan. Y pierden la humildad. Y hacen agua.
Miro la conferencia del Diego, y me voy a tomar el 17 con Goli.
-Chichulines, mollejas, morcilla, todo.-siguió Goli.
Veo que un chico de esos que reparten las cosas en moto, toca el portero de un edificio y tiene puesta la remera de Messi.
Y pienso que no es sólo mi corazón el que está en juego.
sábado, 12 de junio de 2010
Ya me han roto el corazón...
Este mundial me agarró con una indiferencia total.
Decidí que los partidos los voy a ver sólo si los veo con mi papá.
Hoy sábado, me levanté a verlo sólo porque lo iba a ver en familia. Si no, hubiese seguido durmiendo.
Ni bien vino a despertarme mi papá (a quien la noche anterior le especifiqué claramente que me levante a las ONCE, no a las once menos cuarto, ni a las once menos diez, si no a las ONCE) pude ver su cara de Mundial. La cara de Goli ( mi papá, así le decimos) de Mundial es una cara iluminada.
Como no pensaba ver el partido detenidamente, fui la encargada de cebar mates.
Ni bien empezó, y cuando me di cuenta que estaba cebando mate con una indiferencia total, noté dos cosas: 1) que me estoy pareciendo a mi mamá, que va y viene durante el partido y jamás se queda sentada todo el partido, y 2) que me volví un cliché femenino, indiferente al fútbol.
Lo que sucede es que yo no era así. Cuando tenía once años tenía la pared de mi cuarto llena pero LLENA de pósters de River. Me sabía los nombres de pila de TOOOOODOS los jugadores de River (incluso el de Burgos, que eran tres: Germán Adrián Ramón; no me tuve que fijar en Google, aún lo recuerdo perfectamente). AMABA al Enzo, tenía un póster de él pegado en el cuarto, el cual me había venido con el Gráfico (porque sí, compraba el Gráfico) y lloré en el piso del mi cuarto cuando anunció que se retiraba, que fue casualmente un día antes de mi cumpleaños. Iba a la cancha con mi papá, con los amigos de mi papá y con los hijos de los amigos de mi papá todas las semanas (no cruzaba ni una palabra con ellos porque me daba mucho pudor ser la única mujer; incluso me contenía los cánticos). Fui a ver con mi papá al cine la final de la Intercontinental que jugó River en el ’96 contra Boca en China (o Japón, no recuerdo bien). Vi todos los Mundiales que recuerdo pegada al televisor. Sin pararme de la silla. Leyendo el deportivo todos los días. Emocionándome cuando pasaban el himno. Viendo la previa. Poniéndome literalmente la camiseta.
Sí, yo era esa, la misma que hoy vio el partido con total indeferencia cebando mate.
¿Qué es lo que me pasó?
¿Qué pasó con toda esa esperanza, esa piel de gallina, esa ilusión, esas ganas de creer que esta vez iba a hacer diferente?
Entonces fue cuando me acordé de lo rápido que esas ilusiones se fueron estrellando: en el ‘98, en el 2002, en el 2006. Yo volvía a creer en esos 23 guerreros. Creía que iban a salir a la cancha como fieras.
Pero me rompieron el corazón. Y no una, ni dos veces. Tres veces.
Toda mujer tiene derecho a no atenderle el teléfono o no contestarle el mensaje de texto a aquél hombre que la ilusionó una y otra vez con que las cosas iban a ser diferentes.
Toda mujer tiene derecho a resguardar su corazón.
Toda mujer tiene derecho a capitalizar los errores pasados y decirle NO a quien ya le hizo daño.
Yo, entonces, tengo derecho a cebar mate durante el partido, con total indiferencia.
Claro que, siempre mirando de reojo, como quien se reencuentra de casualidad con ese hombre que le rompió el corazón tantas veces, y recuerda exactamente por qué se enamoró la primera vez, y por qué tropezó tantas veces con la misma piedra.
Por la adrenalina. Por las ganas de creer que esta vez va a ser diferente. Y por la sensación de que, una vez más, va a valer la pena apostar a ese amor.
Nota al pie: Hay una columna que escribió Cristina Pérez, que me inspiró bastante, y que se parece a mi entrada. Más bien, la analogía que hago entre el amor y el fútbol se parece a la analogía que hace ella, dado que la leí hace un tiempo. Pueden leerla en: http://www.estoestucuman.com.ar/index.php/2010/04/14/la-tucumana-cristina-perez-conductora-de-telefe-ahora-es-columnista-deportiva-de-perfil/
Decidí que los partidos los voy a ver sólo si los veo con mi papá.
Hoy sábado, me levanté a verlo sólo porque lo iba a ver en familia. Si no, hubiese seguido durmiendo.
Ni bien vino a despertarme mi papá (a quien la noche anterior le especifiqué claramente que me levante a las ONCE, no a las once menos cuarto, ni a las once menos diez, si no a las ONCE) pude ver su cara de Mundial. La cara de Goli ( mi papá, así le decimos) de Mundial es una cara iluminada.
Como no pensaba ver el partido detenidamente, fui la encargada de cebar mates.
Ni bien empezó, y cuando me di cuenta que estaba cebando mate con una indiferencia total, noté dos cosas: 1) que me estoy pareciendo a mi mamá, que va y viene durante el partido y jamás se queda sentada todo el partido, y 2) que me volví un cliché femenino, indiferente al fútbol.
Lo que sucede es que yo no era así. Cuando tenía once años tenía la pared de mi cuarto llena pero LLENA de pósters de River. Me sabía los nombres de pila de TOOOOODOS los jugadores de River (incluso el de Burgos, que eran tres: Germán Adrián Ramón; no me tuve que fijar en Google, aún lo recuerdo perfectamente). AMABA al Enzo, tenía un póster de él pegado en el cuarto, el cual me había venido con el Gráfico (porque sí, compraba el Gráfico) y lloré en el piso del mi cuarto cuando anunció que se retiraba, que fue casualmente un día antes de mi cumpleaños. Iba a la cancha con mi papá, con los amigos de mi papá y con los hijos de los amigos de mi papá todas las semanas (no cruzaba ni una palabra con ellos porque me daba mucho pudor ser la única mujer; incluso me contenía los cánticos). Fui a ver con mi papá al cine la final de la Intercontinental que jugó River en el ’96 contra Boca en China (o Japón, no recuerdo bien). Vi todos los Mundiales que recuerdo pegada al televisor. Sin pararme de la silla. Leyendo el deportivo todos los días. Emocionándome cuando pasaban el himno. Viendo la previa. Poniéndome literalmente la camiseta.
Sí, yo era esa, la misma que hoy vio el partido con total indeferencia cebando mate.
¿Qué es lo que me pasó?
¿Qué pasó con toda esa esperanza, esa piel de gallina, esa ilusión, esas ganas de creer que esta vez iba a hacer diferente?
Entonces fue cuando me acordé de lo rápido que esas ilusiones se fueron estrellando: en el ‘98, en el 2002, en el 2006. Yo volvía a creer en esos 23 guerreros. Creía que iban a salir a la cancha como fieras.
Pero me rompieron el corazón. Y no una, ni dos veces. Tres veces.
Toda mujer tiene derecho a no atenderle el teléfono o no contestarle el mensaje de texto a aquél hombre que la ilusionó una y otra vez con que las cosas iban a ser diferentes.
Toda mujer tiene derecho a resguardar su corazón.
Toda mujer tiene derecho a capitalizar los errores pasados y decirle NO a quien ya le hizo daño.
Yo, entonces, tengo derecho a cebar mate durante el partido, con total indiferencia.
Claro que, siempre mirando de reojo, como quien se reencuentra de casualidad con ese hombre que le rompió el corazón tantas veces, y recuerda exactamente por qué se enamoró la primera vez, y por qué tropezó tantas veces con la misma piedra.
Por la adrenalina. Por las ganas de creer que esta vez va a ser diferente. Y por la sensación de que, una vez más, va a valer la pena apostar a ese amor.
Nota al pie: Hay una columna que escribió Cristina Pérez, que me inspiró bastante, y que se parece a mi entrada. Más bien, la analogía que hago entre el amor y el fútbol se parece a la analogía que hace ella, dado que la leí hace un tiempo. Pueden leerla en: http://www.estoestucuman.com.ar/index.php/2010/04/14/la-tucumana-cristina-perez-conductora-de-telefe-ahora-es-columnista-deportiva-de-perfil/
domingo, 30 de mayo de 2010
Como pez fuera del agua
Últimamente me está pasando que a cualquier lado que salgo, me siento fuera de lugar, ajena. Me dan ganas de irme a mi casa. No es que me pasa sólo en un ámbito, sino que me pasa en todos los lados. Y como últimamente también me está pasando que estoy siendo bastante genuina en cuanto a mis comportamientos (es decir, comparto tiempo con la gente que me gusta compartir tiempo, y salgo a donde me gusta) cuando no me siento cómoda, me voy. Chau, listo, no necesito nada más. Ni siquiera me autoexigo un tiempo mínimo de permanencia en un lugar.
Hoy fui a bailar con una amiga a las Fiestas Bellepop. En estas fiestas pasan música de la que siempre me gustó a mí (rock, pop internacional, 80's, 90's, y actual), solía ir cuando tenía unos dulces 19 años. Desde ese entonces que no pisaba una fiesta de esas.
Lo bueno de estas fiestas es que la mayor parte de la gente va sólo a bailar. No vienen pibes a chamullarte, y la gente baila sin pudor. Baila porque lo disfruta.
Ni bien llegué me invadió la sensación de no pertenecer.
Pero intuía que esa sensación se me iba a ir cuando empiece a bailar.
Pasó un tiempo, y se me empezó a ir esa sensación, me había aclimatado.
En una de esas pasó un panzón que me preguntó:
-¿Qué hora es?
-Las cinco menos cuarto-le respondí
-Ahhh, ya es hora de irme a dormir, ya a las cinco me voy.- y se fue
El panzón me cayó simpático porque justo hace unos segunos habíamos estado haciendo un chiste con mi amiga respecto de como, a medida que pasan las años, los criterios de "es tarde" cambiaban. LLegar a la cuatro de la mañana y estar bailando en un boliche, hoy para mí es un desafío y una muestra invalorable de juventud.
Luego de un rato, el Sr. Panzón volvió y me preguntó la hora de vuelta.
-Las cinco y cinco.
-Uy, no sé que hago acá todavia, yo a esta hora ya me tengo que ir a domir.
-Y bueno, será porque en realidad seguís siendo joven.
-Gracias por el halago-me dijo dándome la mano-vos también sos joven, ¿cuántos años tenés?
-25.
-¿Cuántos me das a mí?
-Y...-dije yo, como diciendo, te vas a sentir mal, porque estás bastante baqueta e indefectiblemente te voy a dar más edad de la que en realidad tenés- 32-, le dije, finalmente, reduciendo el número 37 que percibía que tenía el Sr. Panzón.
-Tengo unos cuantos menos, pero bueno, es porque los anteojos me avejentan.-se sacó los anteojos y efectivamente, el Sr. Pazón no era tan viejo, y me dio la sensación de que no hace muchos años, cautivaba miradas femeninas.-te hago una pregunta, ¿cómo caíste acá?
-¿Por qué lo decís?-ahí estaba, justo cuando había logrado aclimatarme vino el Sr. Panzón a hacerme acordar que no, que acá tampoco pego ni con Poxipol.
-Tenés cara de que es la primera vez que venís acá.
-Yo venía a estas fiestas cuando tenía 19 años-dije canchereando- y después dejé de venir, y bueno, ahora vine de vuelta.
-Ah, viniste con una amiga, las dos solas a bailar.
-Sí-le dije.
-Vaya forma de divertirse.
El Sr. Panzón ahí dejó de parecerme simpático y me empezó a parecer un snob prejuicioso.
Yo creo que el Sr. Panzón no se pensaba que yo era habitué de estas fiestas primeramente por mi pelo.
Tengo un pelo DI VI NO, tirando a rubión, que decidí dejarme eternamente lacio, y que me encanta. Sí, me encanta. Sí, quizás parecería más cool si lo tuviera corto o teñido de rojo, o si tuviera rulos. Pero la naturelaza no me dio los rulos (y no tomé la decisión que tómo mi madre en los ochentas de hacerme la permanente) porque creo que la naturaleza es sabia, y en el caso de mi pelo, generosa. Cuando tenía 20 años salía con un chico que me decía que el pelo era una de las cosas más lindas que tenía. Y la verdad que tenía razón, es precioso y no me voy a privar de él, sólo por sentirme IN en las fiestas Bellepop. No, no y no.
El tema es que con los años, me empezó a importar muy poco parecer cool. Y sí, loco eso me hace más cool. Me encanta mi pelo, y es rubión, y aun así te puedo bailar Pixies, The Cure, The Clash, Morrissey, y mil cosas más.
Y a la vez que te digo esto, también te puedo decir (sí, a vos, Sr, Panzón que tiene anteojos con marco grande y por eso se cree cool) que me encanta bailar "La Rubia en el avión" y "Era muda" y Thalía, y hacer Shakirazos. Sí, y eso es lo que me hace más cool todavía. Que no me importa que vos, Sr. Panzón, ni nadie me crea cool. Ya no tengo que probarle nada a nadie. Me pongo lo que me gusta, escucho lo que se me canta, y eso no me hace querer menos a Robert Smith.
Una amiga mía, Laura, siempre me carga porque me dice que soy punk. Lau no sabe mucho de la música que me gusta a mi (cree que todo lo que me gusta en punk), y no sabe que las letras de The Cure pueden sonar muy balas en castellano. Pero como no me gusa Fito Paez, Sui Generis, Joaquín Sabina y como me vio un par de veces con algún cinturón de tachas y como tengo un cariño especial por los Ramones (que redordemos, tienen canciones super balas también, como Baby I love you) cree que sólo escucho punk.
El otro día estaba con Lau, y justo yo tenía puesta una vincha con una suerte de flor y un sweter que tenía botones con moños pegados.
-Ves, vos no sos punk, esto no es de punk. Vos sos punk rococó.- me dijo ella
Me pareció genial. Porque sí, no soy nada. No tengo que demostrar nada. Ya estoy grande para eso. O es que simplemente no tengo la necesidad.
Pero eso tiene su "costo político". Es como cuando Macri se hace el tolerante con los gays, y pierde apoyo de su electorado. Pero la diferencia es que Macri no es realmente tolerante con los gays y lo hace para para caerle bien a los jóvenes progres que lo detestan. Yo, en cambio, amo "La rubia en el avión", y las vinchas lindas, y los sweters con detallecitos femenoides y mi pelo larguísimo. Y amo a Robert Smith. Ninguna de las cosas las fingo para ser aceptada.
Hace un par de años me levanté un chico en el Podestá (ámbito parecido al de las fiestas Bellepop) que estaba totalmente anonadado porque yo sabía que el cantante de Jane´s Addiction se llamaba Perry Farrel y porque sabía que Dave Navarro había sido integrante de la misma banda y después se había ido a los Chilli Peppers y después había vuelto. Y porque podía discutir sobre música a un nivel igual que él, vistiendo un vestidito de flores y teniendo un collar que combinaba ala perfección con mis aros, y con mis zapatitos.
Tengo una educación musical, gracias a mis dos hermanas, que no necesita ser respaldada por nada.
Después de que el Sr. Panzón se fue, le dije a mi amiga:
-Hay veces que siento que me tengo que cortar el pelo.
Al cabo de unos minutos pusieron un tema de The Cure, el primero de la noche. Y lo bailé con mi melena rubiona al viento.
Y disculpe Sr. Panzón, pero lo voy a volver a bailar algún que otro sábado, en la misma fiesta y con la misma melena. Y sobre todo, sin tener que demostrarle nada a nadie.
¿Por qué?
Porque soy Punk Rococó.
Y me la banco.
Hoy fui a bailar con una amiga a las Fiestas Bellepop. En estas fiestas pasan música de la que siempre me gustó a mí (rock, pop internacional, 80's, 90's, y actual), solía ir cuando tenía unos dulces 19 años. Desde ese entonces que no pisaba una fiesta de esas.
Lo bueno de estas fiestas es que la mayor parte de la gente va sólo a bailar. No vienen pibes a chamullarte, y la gente baila sin pudor. Baila porque lo disfruta.
Ni bien llegué me invadió la sensación de no pertenecer.
Pero intuía que esa sensación se me iba a ir cuando empiece a bailar.
Pasó un tiempo, y se me empezó a ir esa sensación, me había aclimatado.
En una de esas pasó un panzón que me preguntó:
-¿Qué hora es?
-Las cinco menos cuarto-le respondí
-Ahhh, ya es hora de irme a dormir, ya a las cinco me voy.- y se fue
El panzón me cayó simpático porque justo hace unos segunos habíamos estado haciendo un chiste con mi amiga respecto de como, a medida que pasan las años, los criterios de "es tarde" cambiaban. LLegar a la cuatro de la mañana y estar bailando en un boliche, hoy para mí es un desafío y una muestra invalorable de juventud.
Luego de un rato, el Sr. Panzón volvió y me preguntó la hora de vuelta.
-Las cinco y cinco.
-Uy, no sé que hago acá todavia, yo a esta hora ya me tengo que ir a domir.
-Y bueno, será porque en realidad seguís siendo joven.
-Gracias por el halago-me dijo dándome la mano-vos también sos joven, ¿cuántos años tenés?
-25.
-¿Cuántos me das a mí?
-Y...-dije yo, como diciendo, te vas a sentir mal, porque estás bastante baqueta e indefectiblemente te voy a dar más edad de la que en realidad tenés- 32-, le dije, finalmente, reduciendo el número 37 que percibía que tenía el Sr. Panzón.
-Tengo unos cuantos menos, pero bueno, es porque los anteojos me avejentan.-se sacó los anteojos y efectivamente, el Sr. Pazón no era tan viejo, y me dio la sensación de que no hace muchos años, cautivaba miradas femeninas.-te hago una pregunta, ¿cómo caíste acá?
-¿Por qué lo decís?-ahí estaba, justo cuando había logrado aclimatarme vino el Sr. Panzón a hacerme acordar que no, que acá tampoco pego ni con Poxipol.
-Tenés cara de que es la primera vez que venís acá.
-Yo venía a estas fiestas cuando tenía 19 años-dije canchereando- y después dejé de venir, y bueno, ahora vine de vuelta.
-Ah, viniste con una amiga, las dos solas a bailar.
-Sí-le dije.
-Vaya forma de divertirse.
El Sr. Panzón ahí dejó de parecerme simpático y me empezó a parecer un snob prejuicioso.
Yo creo que el Sr. Panzón no se pensaba que yo era habitué de estas fiestas primeramente por mi pelo.
Tengo un pelo DI VI NO, tirando a rubión, que decidí dejarme eternamente lacio, y que me encanta. Sí, me encanta. Sí, quizás parecería más cool si lo tuviera corto o teñido de rojo, o si tuviera rulos. Pero la naturelaza no me dio los rulos (y no tomé la decisión que tómo mi madre en los ochentas de hacerme la permanente) porque creo que la naturaleza es sabia, y en el caso de mi pelo, generosa. Cuando tenía 20 años salía con un chico que me decía que el pelo era una de las cosas más lindas que tenía. Y la verdad que tenía razón, es precioso y no me voy a privar de él, sólo por sentirme IN en las fiestas Bellepop. No, no y no.
El tema es que con los años, me empezó a importar muy poco parecer cool. Y sí, loco eso me hace más cool. Me encanta mi pelo, y es rubión, y aun así te puedo bailar Pixies, The Cure, The Clash, Morrissey, y mil cosas más.
Y a la vez que te digo esto, también te puedo decir (sí, a vos, Sr, Panzón que tiene anteojos con marco grande y por eso se cree cool) que me encanta bailar "La Rubia en el avión" y "Era muda" y Thalía, y hacer Shakirazos. Sí, y eso es lo que me hace más cool todavía. Que no me importa que vos, Sr. Panzón, ni nadie me crea cool. Ya no tengo que probarle nada a nadie. Me pongo lo que me gusta, escucho lo que se me canta, y eso no me hace querer menos a Robert Smith.
Una amiga mía, Laura, siempre me carga porque me dice que soy punk. Lau no sabe mucho de la música que me gusta a mi (cree que todo lo que me gusta en punk), y no sabe que las letras de The Cure pueden sonar muy balas en castellano. Pero como no me gusa Fito Paez, Sui Generis, Joaquín Sabina y como me vio un par de veces con algún cinturón de tachas y como tengo un cariño especial por los Ramones (que redordemos, tienen canciones super balas también, como Baby I love you) cree que sólo escucho punk.
El otro día estaba con Lau, y justo yo tenía puesta una vincha con una suerte de flor y un sweter que tenía botones con moños pegados.
-Ves, vos no sos punk, esto no es de punk. Vos sos punk rococó.- me dijo ella
Me pareció genial. Porque sí, no soy nada. No tengo que demostrar nada. Ya estoy grande para eso. O es que simplemente no tengo la necesidad.
Pero eso tiene su "costo político". Es como cuando Macri se hace el tolerante con los gays, y pierde apoyo de su electorado. Pero la diferencia es que Macri no es realmente tolerante con los gays y lo hace para para caerle bien a los jóvenes progres que lo detestan. Yo, en cambio, amo "La rubia en el avión", y las vinchas lindas, y los sweters con detallecitos femenoides y mi pelo larguísimo. Y amo a Robert Smith. Ninguna de las cosas las fingo para ser aceptada.
Hace un par de años me levanté un chico en el Podestá (ámbito parecido al de las fiestas Bellepop) que estaba totalmente anonadado porque yo sabía que el cantante de Jane´s Addiction se llamaba Perry Farrel y porque sabía que Dave Navarro había sido integrante de la misma banda y después se había ido a los Chilli Peppers y después había vuelto. Y porque podía discutir sobre música a un nivel igual que él, vistiendo un vestidito de flores y teniendo un collar que combinaba ala perfección con mis aros, y con mis zapatitos.
Tengo una educación musical, gracias a mis dos hermanas, que no necesita ser respaldada por nada.
Después de que el Sr. Panzón se fue, le dije a mi amiga:
-Hay veces que siento que me tengo que cortar el pelo.
Al cabo de unos minutos pusieron un tema de The Cure, el primero de la noche. Y lo bailé con mi melena rubiona al viento.
Y disculpe Sr. Panzón, pero lo voy a volver a bailar algún que otro sábado, en la misma fiesta y con la misma melena. Y sobre todo, sin tener que demostrarle nada a nadie.
¿Por qué?
Porque soy Punk Rococó.
Y me la banco.
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